viernes, 2 de diciembre de 2005

Peregrino

Sí, quizá pueda ser eso:
tengo mirada de peregrino,
de alguien que se piensa en un estado intermedio
y parece tratar a los otros como si todo lo presente
fuera siempre esencialmente in esencial.
Puede ser entonces que tenga mirada de peregrino
y garbo de misterioso forastero de quién sabe dónde
y que quién sabe para dónde va.
Algo así como un quién sabe quién
con ínfulas de caballero de la inconmensurabilidad.
Sujeto de una extraña extrañeza,
esta mente supuestamente proyectada a lo lejos
con su incompatible destreza
velaría quién sabe cuántos secretos e intenciones
tras su amabilísima indiferencia.
Así pues, estaré siendo acusado, seguramente,
de ser un espíritu que en sus profundidades es
desapegado, misticista, maquiavélico,
hedonista, orgulloso, lejano y cauteloso
-un cóctel de adjetivos algo arbitrarios
y quizá hasta incompatibles-.
Suponiendo que el espíritu tuviera un fondo
que mi intencionalidad fuera tan compleja,
que fueran ciertos los adjetivos
-y han de serlo en algún sentido si tú y otros convienen-
y que también fueran ofensivos,
ya tendría el esquema de mi defensa:
los apegos causan sufrimiento,
el misticismo no necesariamente es metafísica,
Maquiavelo era tipo interesante,
el placer es el mayor bien que conozco,
un ser sin orgullo no puede amar ni disfrutar,
con la distancia se aprecian algunos planos insospechados
y la cautela le es fundamental a la supervivencia.

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